Por Enrique Obregón Valverde, que de Dios goce.

Me duele ver cómo la juventud, la nuestra, vive sin el pasado, sin su pasado. No puedo entender cómo alguien puede vivir sin enterarse de lo que este país ha sido; de todos los que vivieron hace cincuenta, hace cien, hace ciento cincuenta años. De nuestros abuelos, de nuestros bisabuelos; de aquella sociedad campesina, descalza y analfabeta que construyó un país amante de la libertad y de un derecho que nunca conoció, pero que sí sabía que era su sostén, su razón de ser como organización política.

Nosotros somos demócratas y aprendimos a luchar por la libertad, ejemplarizados por los miles de campesinos que nos precedieron; por aquellos hombres que abrieron caminos en las montañas, con hambre, con frío, bajo el sol, bajo la lluvia, pero con decisión de independencia, sabiendo que la tierra era su orgullo y su razón de ser. No tuvieron escuela, no tuvieron protección, pero sí conocieron, sin saber lo que era, su dignidad, ese bastión que sirve de sostén a la sociedad políticamente organizada alrededor de la libertad.

Somos ciudadanos libres, soberanos, demócratas, en el tanto entendamos quiénes fueron nuestros abuelos, nuestros bisabuelos; mientras estemos compenetrados espiritualmente con el esfuerzo, con la satisfacción de construir un camino, un puente y una escuela; con el orgullo de levantar una nación, un pueblo, mirando esperanzadoramente hacia el horizonte luminoso de la patria, sabiendo que nuestro antepasado sentía en la planta de su pie descalzo la tierra que estaba conquistando, liberando, democratizando.

Herencia. 

Nosotros, los costarricenses, estamos viviendo hoy en libertad y disfrute de derechos porque tuvimos un abuelo, porque tuvimos un bisabuelo que se partió el alma por dejar a sus hijos, a su descendencia, una tierra donde sembrar el diario sustento, sin amo, sin dueño, soberano en ella, y que cultivó también un espíritu imbatible por conquistar y mantener la propia dignidad.

Y cuando fue necesario hacerle frente a la rapaz ambición del extranjero esclavizante, fue, ese campesino, el que sembró, pero esta vez con sangre, para que no se olvidara nunca que esta es tierra de hombres libres.

Recordemos todos los días a nuestro abuelo, a nuestro bisabuelo campesino, que nos legó la costumbre de conservar y transmitir a los hijos la más hermosa herencia que alguien haya dejado jamás.

El autor de este artículo de opinión era abogado. Don Enrique Obregón Valverde falleció en abril de 2022.

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