Por Miguel Rojas Rodríguez
Economista, profesor de finanzas en la Universidad de Moncton, Canadá
miguel.rojas@umoncton.ca
Atacaron con machetes al maestro de escuela, alzado en armas contra la dictadura opresiva. Malherido, lo ataron a un caballo y lo arrastraron muchos metros. Pusieron fin a su vida quemándolo vivo.
Lo que describo no ocurrió en la Guatemala de Jorge Ubico, en el Chile de Pinochet o en la Argentina de Jorge Rafael Videla. Sucedió en Costa Rica.
La víctima se llamó Marcelino García Flamenco, un maestro de escuela nacido en El Salvador, quien se vio obligado a presenciar el asesinato del periodista disidente Ricardo Fernández Güell, tras lo cual se alzó en armas él mismo.
Desconozco si la historiografía registra los nombres de los esbirros o si sufrieron algún castigo. Se sabe, claro está, en nombre de quién actuaban: el último dictador de Costa Rica, Federico Tinoco Granados, huido a Europa —seguramente a París, como era costumbre de los dictadores latinoamericanos de la época— el 12 de agosto de 1919.
Una historia que olvidamos demasiado rápido
En los últimos días, debido a los embates de personajes poderosos contra las instituciones democráticas del país, he empezado a leer sobre nuestra última dictadura.
Empiezo por reconocer mi propia ignorancia del tema. Todo lo que recordaba era la popularidad inicial del dictador y la cólera en las calles que lo llevó a abandonar el país.
Al principio de mis lecturas, pensaba que las dictaduras en Costa Rica habrían sido poco sangrientas. Dictaduras “a la tica”, como quien dice, sin mayor derramamiento de sangre. Pero no es el caso.
Represión y presos políticos
La dictadura de Tinoco trajo extensas violaciones a los derechos humanos, incluidas torturas como la sufrida por Marcelino García Flamenco.
La Penitenciaría se llenó de presos políticos, según relata Ricardo Fernández Guardia en Cartilla Histórica de Costa Rica. Aunque fue una dictadura corta, se estremece uno de pensar qué habría pasado si hubiese durado una o dos décadas más.
Como decía algún político costarricense —tal vez don Luis Alberto Monge—, “los problemas de la democracia se resuelven con más democracia.”
Los dictadores, en cambio, siempre creen que sus problemas se resuelven con más autoritarismo y represión.
El espejo de otras dictaduras
El “Quinquenio Gris” que cubrió de censura y exilio la cultura cubana surgió tras el fracaso de la zafra de los diez millones de toneladas de azúcar.
La “Revolución Cultural”, iniciada por Mao Tse-Tung, vino después del rotundo fracaso del “Gran Salto Adelante”, que terminó en una hambruna que cobró millones de vidas.
En eso, la dictadura de Tinoco tuvo poco de excepcionalismo tico: fue poco cruenta en sus inicios, pero pronto aprendió que la represión podía ser su mejor aliada.
Advertencia para el presente
La dictadura de Tinoco, la última que conocimos los costarricenses, parece hoy un tema reservado a los historiadores. Sin embargo, aún podemos mirarnos en ese espejo y extraer enseñanzas útiles para los tiempos actuales.
Hoy el partido oficialista nos pide elegir 40 diputados dispuestos a reformar la Constitución, al estilo del régimen cada vez más autoritario de Bukele.
Un diputado amenaza con el destierro a los opositores, mientras una parte de la población pide un “hombre fuerte” que “ponga orden”.
Es el momento preciso para recordar la violencia en que terminan las pretendidas soluciones autoritarias, y su incapacidad para resolver los problemas políticos y económicos que dicen enfrentar.
A fin de cuentas, Tinoco no encontró respuesta autoritaria alguna ni a la cólera popular ni a los problemas económicos de su tiempo, derivados de la Primera Guerra Mundial.
“No existen las dictaduras ‘a la tica’.
Todas, sin excepción, terminan con sangre, miedo y silencio.”



