Tan dulce y llena de sabor como la mezcla de leche y azúcar que da origen al tradicional postre de arequipe, así es la vida de casi 50 mujeres campesinas en los llanos orientales de Colombia, quienes decidieron, a través de la cocina artesanal, cambiar el odio y la violencia, por amor y resiliencia.

Estas mujeres viven en el departamento del Meta, en apartadas veredas que en otrora fueron el epicentro del conflicto armado colombiano.

Todas son conocidas en la región como las damas de la leche, porque integran una asociación que busca generar proyectos productivos para mujeres de la zona y que lleva 11 años produciendo el mejor arequipe del oriente del país.

La asociación lleva por nombre Asociación Damas Leche (ASODALE) y su fundadora es Janeth Reina. Ella, de contextura gruesa, imponente y de manos fuertes para el trabajo, asegura que como su arequipe no hay dos y que la vida siempre debería parecerse a este delicioso manjar: dulce y tranquila como su preparación.  

Pero sus días no siempre fueron así. Quienes integran la Asociación tienen algo en común: todas son víctimas de la violencia.

“La guerra nos tocó. Durante años vivimos en medio del dolor, la desgracia, la incertidumbre y la intranquilidad”, indica Janeth.

La idea nació como una alternativa para decenas de mujeres, a quienes el conflicto armado les arrebató en su momento a un hijo, su esposo o las obligó a delinquir.

“Yo perdí un hermano en esta guerra absurda. Y no hay día en que no lo piense. Por eso trabajo duro, como ejemplo de resiliencia”, dice Janeth.

Entre sus integrantes hay viudas, madres que enterraron a sus hijos, mujeres que vieron partir —sin retorno— a los suyos. Sin embargo, a todas las une las ganas enormes de darle ‘la vuelta a la página’ y enseñar con su trabajo que el mejor camino es el perdón.

Una Cooperativa en un contenedor

Su taller funciona en un contenedor donado por la Agencia de Renovación del Territorio (ART), del Gobierno Nacional. Allí adecuaron la planta, los equipos y la maquinaria para 100 litros de leche en frío al día.

Cada una aporta leche que sale de sus fincas. Así todas se convierten en socias del negocio. La cita es en las tardes, porque como dice Blanca Tejedor, “toca sacar tiempo para todo: el arequipe, la casa, los niños y el marido”.

Blanca se vinculó al proyecto en 2011. Desde muy joven trabajó para la guerrilla en cultivos de coca. Oficio que aprendieron también dos de sus cuatro hijos.

“Yo raspaba (quitaba las hojas de coca con la mano), a veces en mi finca o en fincas vecinas. No había otra opción, era la única manera de ganarnos la vida. Pero era un trabajo muy duro”, cuenta Blanca, cuyas manos ásperas parece que hablaran y corroboraran su relato.

Por muchos años su vida transcurrió en medio de la zozobra que trae consigo el mundo de los cultivos ilegales.

Sin embargo, en 2010, producto de la orden del Gobierno Nacional de erradicar de manera forzada los cultivos, Blanca y cientos de hombres y mujeres de la región, quedaron sin su fuente de empleo.

Pero lo que Blanca desconocía era que justamente en ese momento su vida daría un giro radical.

Los lácteos y el arequipe son su sustento principal, sin embargo muchas también tienen en sus fincas cultivos de cacao y café. Foto Noticias ONU.

La Cooperativa se ha vuelto el refugio de decenas de mujeres, quienes como Blanca, le dieron una oportunidad a la sustitución de cultivos y hoy se ganan la vida de formas antes impensables.

“Dejar de escuchar las balas, de contar muertos y pasar a despertar con el canto de los pájaros, eso no tiene comparación”, afirma Blanca.

En las tardes, el contenedor donde trabajan se transforma en un centro poderoso, donde estas madres, hijas y hermanas, ponen lo mejor de sí, para sacar un producto impecable. Su arequipe es ofrecido en toda la región y las ganancias van directamente a sus creadoras.

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