Las piñas de Costa Rica, además de su rico sabor que conquistan el mundo, también   guardan dulces historias que los consumidores pueden saborear. Unas como la investigación de los grandes productores, que permitió poner en la mesa la variedad MD2, que más se consume en el mundo actualmente, la piña rosada novedad del momento, que también nació en tierras costarricenses en la zona sur del país y la historia de pequeños productores como Norman Paniagua que desde niño se enamoró del cultivo de piña y hoy a sus 63 años sigue escribiendo historias.

Don Norman Paniagua Ramírez es un productor de piña en el distrito de Pital de San Carlos, zona norte de Costa Rica. Actualmente cuenta con 48 hectáreas sembradas, un proyecto familiar que involucra a él, su esposa Elieth Acuña Salas y tres de sus cuatro hijos.

Nació en Ciudad Quesada en el año 1958, sus papás Romelio Paniagua y Odily Ramírez, se lo llevaron a Pital a la edad de siete años, su primer contacto con la tierra fue con la actividad ganadera, sin embargo, la piña lo conquistó cuando su padre sembró doscientas matas cerca de la casa, ahí le nace su pasión por la actividad que conserva hasta hoy.

Piñero por vocación, como él mismo se califica, sus historias personales en la actividad las comienza a escribir a la edad de 12 años. Gracias al apoyo de su padre que intercedió ante don Juan Rafael Rojas, dueño de la finca la Marinita, que él administraba, consiguió que le prestara terreno, para sembrar las primeras 500 matas de piña, de la variedad Monte Lirio.

De las primeras 500 matas, logró sacar muchos hijos y para el segundo año ya estaba sembrando 4 mil hijos de piña. Ahí su papá lo detuvo, para no abusar en un terreno que era prestado. Dentro de sus recuerdos nos revela que de las primeras quinientas matas, no vendió ni una sola piña y de las cuatro mil comenzó a vendérselas a un comerciante que las llevaba al Mercado Bobón, porque para esos tiempos ni siquiera se pensaba en exportación.

Su mayor reto lo asume siendo menor de edad. La Hacienda La Marinita la vendieron y el Banco Nacional la hizo en parcelas de cuatro hectáreas cada una, con un valor de 100 mil colones, cada parcelero debía pagar cada tres meses y hacer abonos anuales a la cuenta.

Como no calificaba por ser menor de edad, su papá lo representó en el Banco Nacional para adquirir las tierras. Para entonces su familia se había ido para Chachagua y solo, sin ni siquiera la cédula de identidad, inició la lucha por honrar los pagos y quedarse con la tierra.

Don Norman, libera sus más duros recuerdos.  Jornalero, chofer de tractor de llantas en las tardes y hasta en las noches de luna llena, trabajando su parcela, sembrando de todo: Yuca, Piña, Plátano, cualquier producto que le permitiera junto a su salario pagar las cuotas. ¨Era muy duro, pero yo quería salir adelante, la inmensa mayoría de los que habían comprado parcelas las abandonaron y eso también pesaba¨.

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Ya a los 26 años, cuando había pagado más del 40% de la deuda, con todo el temor por la situación económica, se casó con Doña Elieth Acuña con quien procrearon cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres.

Uno de los recuerdos que se le escapan mientras conversamos, es ver a su esposa triste, en la ventana de la humilde casa, mientras en una noche de luna llena, él aprovechaba para trabajar su parcela, para al día siguiente salir a trabajar fuera.

La situación cambió a partir de 1988 cuando comenzó a sembrar los primeros hijos de piña variedad MD2, se encontró un socio, él puso el terreno y el socio la semilla y así lograron las primeras entregas que le dieron el aire suficiente para dedicarse por completo a su parcela, a alquilar tierras y poder hoy tener 48 manzanas sembradas de piña, de las cuales 17 son de su propiedad y el resto lo alquila.

Mientras disfruta del éxito alcanzado, hace una pausa para un trago amargo. ¨Salí en una aventura a sembrar piña en Los Chiles Frontera Norte, ahí perdimos más de 70 millones de colones ahorrados. No fue por la producción, que fue buena, si no por los precios, que, para entonces, no daban ni para pagar la recolección de las frutas y tuvimos que dejar perder plantaciones y cosechas¨.

Hoy don Norman y su esposa doña Elieth más relajados y dándole el protagonismo a sus hijos e hijas. Abrahán, Emanuel y María Alejandra, están a cargo de las actividades propias de la empresa, su otra hija Andrea es una profesional que trabaja para una cooperativa de la zona.

Además del área cultivada y los contratos de entrega tienen una empresa que además del gran capital que es la experiencia de sus padres, disponen de la maquinaria necesaria para preparación de suelo, aplicación de productos y recolección de las frutas.

Cuando está a punto de cerrar el baúl de sus recuerdos, don Norman deja escapar la nostalgia y preocupación, para referirse a la situación difícil que viven los productores de piña actualmente.

En una hectárea de piña, sus costos de producción pasaron de cinco, a más ocho millones de colones, el precio del dólar a la baja los afecta enormemente y aunque no se rinden, hacen ajustes como reducir tiempos de aplicaciones y ampliar los espacios entre plantas, a fin de lograr un mayor porcentaje de frutos de las categorías aptas para la exportación y así poder continuar guardando estas historias dulces y amargas de la vida de un pequeño productor de piña de Costa Rica.

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