Por: Jesús Antonio Fernández Olmedo
Desde hace un tiempo ha crecido el debate sobre la posibilidad de prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. Y las llamo “sociales” entre comillas, porque en realidad cada vez parecen menos espacios de encuentro y más entornos profundamente antisociales.
En ellas abunda el contenido superficial, vacío de valor y sin ningún aporte real al pensamiento. Las personas se enganchan a estas plataformas para evadirse, pero ese escape termina afectando su salud mental y su capacidad de concentración. Poco a poco, las mentes se adormecen ante un mundo digital cada vez más banal y desestructurado.
La “droga móvil”, como podríamos llamarla, se ha convertido en una adicción generalizada. Y, de hecho, una simple ley que prohíba el acceso a redes a menores puede quedarse corta. Tal vez quienes quieran tener un teléfono móvil deberían ser capaces de pagarlo por sí mismos. Con los precios actuales, eso tardaría un poco, pero —en cierto modo— no hay mal que por bien no venga.
¿Por qué los padres deben sentir la obligación de comprarle un teléfono a sus hijos? Es una costumbre absurda, una de tantas incoherencias que vemos hoy en esta sociedad donde nada parece cuadrar.
Si algún día, después de tantos tropiezos y errores, la humanidad logra recuperar el sentido común, me gustaría estar ahí para verlo.



