Hace un año, justamente para la Conmemoración del Día de la Felicidad, la noticia que proyectaba a Costa Rica como “el país más feliz de América Latina” llenó los encabezados de noticieros, tanto nacionales como extranjeros.

¿Cómo entendíamos tal información? ¿era una realidad vivida por la población o una cortina de humo? ¿Qué implica ser más felices que el resto de países de América o incluso codearnos con naciones como Finlandia?

Con esta noticia, desde la Orientación y su función potenciadora del desarrollo personal, podemos reflexionar sobre la felicidad: preguntarnos si es un estado temporal, un momento de la vida, un instante, una vivencia permanente o bien es una utopía, mito o la marca que nos han vendido en los cuentos de hadas de “…y vivieron felices para siempre”.

Si nos basamos en el funcionamiento y los procesos químicos que se dan en nuestro control maestro llamado cerebro, relacionamos las emociones, sensaciones y estados de ánimo a una vivencia muy real de la persona e incluso de otros seres vivos, que si bien no piensan ni deciden como el ser humano, sí experimentan las emociones e incluso las expresan o demuestran por instinto.

Es así que ahora, gracias a los avances de la neurociencia, sabemos que los estados de ánimo son generados por sustancias o mejor dicho, hormonas que, precisamente, podríamos señalar como las responsables de ser el “caldo de cultivo” para permitir nuestra felicidad, y entonces podemos afirmar que no es ni un invento, ni una utopía, sino una realidad alcanzable, sea momentánea o duradera.

La felicidad entonces ya se vuelve una sensación conocida, que al experimentarla genera un efecto agradable, positivo, calmante y satisfactorio. Incluso nace de la emoción primaria reconocida como la alegría, esta verdad nos da pie para decir que es tan real como la piel que nos abraza.

Pero si es así, que la felicidad es tan real y efectiva, podríamos cuestionarnos ¿si es posible acaso experimentarla solo en nuestro ámbito personal o familiar? o bien reflexionar si podemos ¿incentivarla con nuestras poblaciones orientadas? O ¿promoverla en nuestros ambientes de trabajo? Las dichosas respuestas que tenemos son afirmativas: sí es posible vivirla, incentivarla y promoverla porque atraviesa todas las áreas de nuestra vida y es favorecedora de nuestro bienestar.

Por esa razón, es que como personas que buscamos el equilibrio en nuestra vida y nos consideramos sanas de forma integral, si aplicamos pequeñas acciones como una actitud diaria de gratitud, enfocar nuestra mirada en las pequeñas maravillas que nos rodean o, incluso, escuchando nuestra música preferida, despertamos serotonina, que es una de las sustancias cerebrales promotoras de la felicidad.

En nuestros momentos de familia, cuando salimos de paseo, al compartir el desayuno o bien al preparar la cena, leer juntos e incluso al compartir los logros o desaciertos diarios; se convierten en momentos naturales y sencillos, que se hacen con y por amor y justamente son la clave para vivir momentos que disparan los niveles de felicidad, para los que no requerimos dinero, lujos o gastos.

Y si en nuestros ambientes laborales, donde a pesar de las múltiples funciones y ocupaciones que tenemos, nos interesamos por ser promotores de la felicidad, con solo compartir frases inspiradoras de íconos históricos o imágenes agradables de paisajes nacionales o extranjeros, podemos hacer volar nuestra imaginación y salirnos de la rutina para recargar las energías con la felicidad.  

Les invitamos y motivamos a vivir la aventura de ser feliz.

Joliem Figueroa Siles es Orientadora. Foto cortesía.

La autora de este artículo de opinión es Orientadora en la Universidad Estatal a Distancia (UNED).

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