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Donald Trump, presidente de Los Estados Unidos lanzó una advertencia a Brasil: impondría aranceles del 50% a sus exportaciones si la justicia brasileña decide llevar a juicio a Jair Bolsonaro, investigado por su presunta implicación en intentos de subvertir el orden democrático tras su derrota electoral en 2022.
“Si persiguen a Bolsonaro, responderemos con fuerza. No permitiremos que un aliado sea víctima de una cacería de brujas”, afirmó Trump.
Según cifras oficiales, en 2024 el comercio bilateral entre ambos países superó los $100 mil millones de dólares. Brasil exportó más de $36 mil millones a EE.UU., principalmente mineral de hierro, petróleo crudo, celulosa, carne y aviones Embraer. A su vez, Estados Unidos vendió cerca de $47 mil millones a Brasil, incluyendo maquinaria, combustibles refinados, fertilizantes y productos farmacéuticos.
¿Dos gigantes tomados del cuello?
Si se aplican los aranceles del 50% y Brasil responde con medidas similares, los dos países enfrentarían consecuencias económicas significativas:
- Brasil perdería acceso privilegiado a su segundo mayor socio comercial, lo que afectaría miles de empleos en sectores clave como el minero, agrícola y aeronáutico.
- Estados Unidos vería afectadas sus exportaciones de alta tecnología y energía, con pérdidas para empresas como Boeing, Chevron y Caterpillar.
Además, la amenaza llega en un momento en que Brasil intenta mantener estabilidad macroeconómica tras dos años de inflación controlada y leve crecimiento. Para EE.UU., el conflicto podría reducir su influencia en América Latina, justo cuando China continúa expandiendo su presencia en la región.
Respuesta firme de Lula
Desde el gobierno de Lula Da Silva, la respuesta ha sido cautelosa pero firme. “La justicia brasileña es independiente y actuará conforme a la ley, sin presiones externas”, declaró un portavoz del Palacio de Planalto. El país evalúa llevar el caso a la Organización Mundial del Comercio (OMC) si se concretan las medidas de Trump.
La tensión escala entre discursos populistas, intereses comerciales y geopolítica. La economía, una vez más, se convierte en rehén de la política.



