Adriano Corrales de San Martín, escritor y poeta costarricense nacido en San Carlos comparte este fin de semana fragmentos de dos de sus libros: LA CASA, del libro de Adriano de San Martín, CONVERSIONES, 2017/2022) y otro fragmento de uno de los capítulos de la novela de Adriano Corrales Arias, LINA, 2015.
LA CASA
Era de madera rolliza recién cortada, sin pintar. Una choza de montaña ubicada justo en el cruce del turbio camino que se bifurcaba hacia Río Cuarto de Grecia o hacia “La Altura”. Una humilde vivienda de abra casi, campesina, acondicionada y ampliada para gente que venía de la “ciudad”. El agua llegaba a través de canoas de palmilera. Al lado se construyó la pulpería/cantina/salón de baile que regentaba mi padre.
Al atardecer, alrededor de la mesa o muy cerca del fogón, cuando las lluvias hacían rugir los ríos y mis hermanos no podían viajar a la escuela en bestia, escuché las primeras palabras fantásticas en boca de madre: narraciones de aparecidos, fantasmas, extrañas luces, demonios bajo puentes o tras piedras y árboles, tinajas encantadas que guardaban incalculables tesoros, brujas, espíritus que vagaban por el mundo en busca de paz. Con una capacidad histriónica y lingüística extraordinaria, fue ella quien me introdujo en el mundo fabuloso y sublime de eso que, luego supe, era literatura.
Pero también las voces de campesinos, jornaleros, cazadores, arrieros, “polacos”, finqueros, guardias del Resguardo Fiscal, y cualquier otro aventurero que pasaba al negocio de mi padre a calmar su sed o el hambre acumuladas en largos y tortuosos viajes a caballo o a pie. Imprecaciones, maldiciones, chotas, burlas, confesiones e increíbles historias de amor escuchaba mientras me guarecía bajo el mostrador leyendo el enorme Larousse de papá o los periódicos con una semana de atraso, para saber que allá, muy lejos, en un lugar llamado Washington DC, acababan de enterrar a un presidente asesinado por terroristas, o algo así, cuyo nombre era John Fitzgerald Kennedy.
La enorme casona despintada aullaba bajo los vendavales, nos guarecía de truenos e intensos aguaceros durante meses. Resguardaba en sus esquinas el aliento de fantasmas, pesadillas y sueños, la humedad de roperos o la fragancia de flores en julio como en enero. La cocina era el centro en las tardes de niebla y miedo. Allí, al calor del fogón, alrededor de las velas o de una canfinera, alimentábamos cuerpo y espíritu. Y vagábamos por las sendas de la imaginación como un andariego por el bosque de lo incierto.
La casa era de madera. El recuerdo enorme en las tardes de feliz y atormentada niñez. La casona de mi infancia, la casona. La casa sin pintar. Hoy ya no existe, pero la escucho en sus vaivenes con el tenaz y oblicuo llanto que va dejando el rastro por la crepuscular memoria.
(Del libro de Adriano de San Martín, CONVERSIONES, 2017/2022)
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Al saltar del autobús el calor del mediodía de la bajura guanacasteca le abofeteó con furia. La estación mostraba el típico colorido mesoamericano con la morenez de transeúntes y la algarabía de ventas de todo tipo, especialmente juguetes y cacharros made in china. Caminó por la acera colmada de vendedores y pasajeros que iban y venían. El sol arreciaba en su cenit con una luz cegadora que vulneraba los lentes oscuros. Desde el parqueo una mujer blanca y hermosa, demasiado hermosa, le saludaba con una gestualidad inconfundible. ¡David, David! Recostada al soberbio mercedes benz color gris anunciaba su omnipresencia como la patrona del lugar. Vestía short de curvada blancura, blusa color rosa de satín y sandalias. Se abrazaron con displicencia. Sube, ordenó.
El aire acondicionado contrastaba con las calles polvorientas de la ciudad chorotega, pero brindaba una frescura propicia para su atuendo urbano: camisa de mezclilla, jeans, botas vaqueras. Día de comercio donde resaltan las vendedoras de tortillas y los chinos con sus tiendas y pulperías. La nave se desplaza por el colchón de aire caliente de las calles colmadas del centro de Nicoya. El silencio largo de sombras arboladas con tonos rojos, verdes, amarillos y figuras que van y vienen es interrumpido por ella. Lina estuvo muy mal. Le dieron la salida hace tres días… Anorexia. Tiene un faltante químico en el cerebro que la deprime y la lleva a no consumir alimentos… Ahora está muy bien, muy mejorada, pero estaba así, en los puros huesitos. No hay que mencionarle nada de esto, por favor.
(Fragmento de uno de los capítulos de la novela de Adriano Corrales Arias, LINA, 2015)



