En Costa Rica no heredamos la democracia: la hemos construido con instituciones sólidas y con una prensa libre que históricamente ha sido contrapeso real del poder. Pero la libertad de prensa no es patente de corso ni blindaje corporativo; es una responsabilidad superior ante la ciudadanía. Cuando la veracidad se sustituye por cálculo y la ética por conveniencia, no se hiere a un medio: se resquebraja el sistema republicano. Una prensa sin ética no es libre: es peligrosa.
En toda democracia madura, el periodismo está llamado a vigilar al poder, no a protegerlo; a investigar con rigor, no a montar escenas; a contrastar pruebas, no a fabricar relatos. Cuando el medio deja de ser contrapeso y se convierte en operador, el equilibrio institucional se inclina. Y cuando se inclina a favor del poder político, la ciudadanía queda desarmada. La prensa que se arrodilla ante el poder deja de ser prensa y se convierte en instrumento.
Si se confirmaran versiones sobre un intento de entrampar mediáticamente al director del Organismo de Investigaciones Judiciales, estaríamos ante una afrenta directa a la institucionalidad. El OIJ investiga posibles delitos, incluso cuando alcanzan las más altas esferas del Poder Ejecutivo. Desprestigiar al investigador mientras se diluyen las acusaciones contra los investigados no es periodismo crítico: es interferencia política. Golpear al investigador para salvar al investigado es una maniobra que ofende a la inteligencia del país.
Peor aún sería que, en vez de esclarecer denuncias serias, se pretendiera crear un escándalo artificial para sembrar confusión y producir un “empate” mediático. Esa táctica —ensuciar el tablero para que nadie distinga la falta real— es propia de contextos donde la propaganda reemplaza a la información. Las democracias viven de hechos comprobables; los montajes pertenecen a otra lógica. Cuando el espectáculo suplanta a la prueba, la verdad queda secuestrada.
La sola hipótesis de utilizar la intimidad como carnada, de inducir declaraciones en escenarios preparados o de diseñar emboscadas con fines políticos no es picardía periodística: es degradación profesional. No hace falta invocar regímenes lejanos para entender el patrón; basta reconocer el método. La corrupción ética se delata por sus prácticas, no por sus discursos.
Instrumentalizar la información para favorecer intereses del poder es una forma de corrupción tan dañina como cualquier otra. La credibilidad es el capital esencial de un medio; sin ella, cada titular se convierte en sospecha. Cuando el ciudadano percibe manipulación deliberada, la desconfianza no distingue entre redacciones: contamina todo el ecosistema informativo. Sin confianza, la prensa pierde su autoridad moral y la democracia pierde un pilar.
No estamos ante una anécdota ni ante un roce personal. Está en juego la integridad del sistema de información pública. La ética profesional en comunicación tiene un valor equiparable a la fe pública en otras disciplinas: se basa en la confianza social. Si existieran conductas dolosas, la investigación debe ser exhaustiva y las sanciones ejemplares. La impunidad frente a la falta grave abre la puerta a su repetición.
Defender la libertad de prensa no implica tolerar su envilecimiento. Precisamente porque la prensa es indispensable, debe ser implacable consigo misma cuando se aparta de sus principios. La democracia requiere medios fuertes, sí, pero sobre todo rectos. La libertad que no se disciplina con ética termina sirviendo al abuso.
Por eso resulta indispensable un pronunciamiento claro y firme del Colegio de Periodistas de Costa Rica, así como una distancia explícita de otros medios frente a cualquier práctica incompatible con los estándares profesionales. Las universidades no pueden mirar hacia otro lado: deben convertir este caso en lección viva sobre límites y responsabilidades. El silencio institucional ante la desviación es una forma de complicidad.
Y ante los vínculos visibles entre ciertas figuras políticas y determinados espacios mediáticos, la pregunta es inevitable: ¿se está configurando un patrón para neutralizar voces críticas mediante campañas de descrédito? Si la prensa abandona su función de vigilancia y se alinea con el poder, el equilibrio republicano se fractura. Cuando el fiscalizador se convierte en aliado del poder, la democracia empieza a crujir.



