El arquitecto sancarleño, Erick González Quesada, lanzó fuertes críticas contra las recientes intervenciones realizadas en la Catedral de Ciudad Quesada, a las que califica como un “manoseo arquitectónico y simbólico” que atenta contra el valor patrimonial y cultural de este templo.
Según González, la catedral —diseñada en el siglo XX por el reconocido arquitecto Teodorico Quirós— es una de las obras religiosas más significativas de Costa Rica, concebida como un símbolo urbano, cultural y espiritual para toda la región. Sin embargo, asegura que las decisiones recientes de la jerarquía católica han desvirtuado su esencia original.
“Esta intervención rompe la autenticidad material de la catedral y la reduce a un escenario sujeto a caprichos estéticos de corto plazo”, señaló.
Colores y materiales que banalizan el templo
Entre los cambios más cuestionados, González señala la sustitución de los tonos sobrios por colores pastel, lo que, a su criterio, convierte la solemnidad litúrgica en una estética “más cercana a un salón social que a un templo mayor”.
Asimismo, cuestiona el reemplazo del terrazo clásico por porcelanato, lo que califica como una pérdida patrimonial doble: se elimina un material noble y artesanal y se sustituye por uno genérico y pasajero, que responde más al mercado que a la trascendencia que exige un espacio sagrado.
Escultura intervenida y simbolismo alterado

El arquitecto también critica la decisión de colocar una cruz detrás de la escultura Jesucristo Redentor, del artista Edgar Zúñiga. La obra, que buscaba representar la resurrección, termina —según González— transmitiendo un mensaje contradictorio que confunde la glorificación de la vida con la crucifixión.
El cierre del espacio público
La colocación de rejas alrededor de la catedral es, para González, la intervención más grave, pues rompe el vínculo histórico entre el templo y la ciudad. El atrio, antes lugar de encuentro para actos cívicos, culturales y religiosos, se ha convertido en un espacio privatizado y aislado.
Pérdida de identidad comunitaria
Más allá del aspecto arquitectónico, el denunciante recuerda que la construcción de la catedral fue posible gracias al esfuerzo colectivo impulsado por el padre Eladio Sancho, quien logró unir a toda la comunidad en torno al proyecto.
Hoy, asegura, ese espíritu de colectividad ha sido sustituido por decisiones autoritarias de la dirigencia eclesiástica, que incluso utiliza medios propios como Radio Santa Clara para desacreditar a la prensa y a la ciudadanía crítica.
“La catedral nació de un esfuerzo profundamente comunitario, pero hoy parece sustraída de las manos de quienes la hicieron posible”, concluye González.
La construcción de la catedral de Ciudad Quesada inició el 11 de mayo de 1952 y finalizó el 12 de diciembre de 1979. Según monseñor Eladio Sancho cuando se terminó de la obra se calculó que tendría un costo de ¢8 millones, tres de los cuales, fueron dados en especie..
Articulo original
El manoseo de la Catedral de San Carlos
Esta intervención rompe la autenticidad material de la catedral y la reduce a un escenario sujeto a caprichos estéticos de corto plazo¨, asegura el arquitecto sancarleño.
¨La Catedral de San Carlos, en Ciudad Quesada, es una de las obras religiosas más significativas del siglo XX en Costa Rica.
Diseñada por el arquitecto Teodorico Quirós, constituye un ejemplo de monumentalidad sobria y de integración entre la fe y la modernidad arquitectónica de su época.
El templo nació con una clara vocación urbana y espiritual: ser punto de encuentro comunitario y símbolo cultural de toda una región. Sin embargo, esa intención original se ha visto gravemente desvirtuada por una serie de intervenciones recientes que más que conservar, han sometido a la catedral a un evidente manoseo arquitectónico y simbólico.
El primer signo de esta degradación se encuentra en el interior del templo, donde se sustituyó la atmósfera solemne por la aplicación de colores pastel. Lejos de reforzar la espiritualidad y el recogimiento, estos tonos superficiales introducen una estética blanda y trivial, más cercana a un salón social que a un espacio litúrgico.
El cambio cromático banaliza la monumentalidad y debilita la experiencia mística que debería acompañar a los fieles en un templo de esta magnitud. A esto se suma la decisión de reemplazar el terrazo clásico por porcelanato de moda.
La pérdida es doble: por un lado, desaparece un material noble cargado de oficio artesanal e identidad patrimonial; por otro, se lo sustituye por un recurso genérico y pasajero, que responde más a la lógica del mercado que a la permanencia y trascendencia que exigen los espacios sacros.
Esta intervención rompe la autenticidad material de la catedral y la reduce a un escenario sujeto a caprichos estéticos de corto plazo. Otro episodio de incoherencia se evidencia en la incorporación de la escultura de Edgar Zúñiga, Jesucristo Redentor.
La obra, concebida con la loable intención de representar un Cristo resucitado y glorioso, se ve contradictoriamente intervenida con la colocación de una cruz en su respaldo.
El gesto, aparentemente menor, destruye la claridad simbólica: lo que debía ser exaltación de la vida se convierte en un mensaje ambiguo que confunde la resurrección con la crucifixión.
En vez de renovar el lenguaje religioso, la intervención revela improvisación y falta de criterio teológico y artístico. Finalmente, la decisión de cerrar con rejas todo el perímetro de la catedral constituye quizás la intervención más grave, no por razones estéticas, sino por su impacto urbano.
Históricamente, el atrio y sus alrededores funcionaron como un espacio de encuentro ciudadano, donde se realizaban celebraciones patrias, manifestaciones culturales y actos cívicos.
Ese vínculo entre templo y ciudad se rompe con el enrejado, que privatiza un espacio que era público y comunitario. Lo que antes era un punto de convergencia social y espiritual se ha transformado en un recinto aislado, ajeno al dinamismo urbano y al espíritu de apertura que debería caracterizar a un templo mayor. En conjunto, estas intervenciones recientes no modernizan ni embellecen: empobrecen.
La catedral, que en su concepción original fue pensada como símbolo de fe, monumentalidad y encuentro comunitario, hoy se ve sometida a decisiones arbitrarias que borran su autenticidad, distorsionan su simbolismo y fragmentan su relación con la ciudad.
Este manoseo arquitectónico y urbano no solo atenta contra la integridad del edificio, sino también contra la memoria cultural de una comunidad que reconoce en la catedral un hito de identidad colectiva. Este ensayo se plantea desde un punto de vista arquitectónico, desde la visión de un arquitecto. Sin embargo, no puedo dejar de lado el origen mismo de este templo: su construcción se debió a la visión del padre Eladio Sancho, quien de manera especial logró aglutinar a toda la población. Cada persona aportó lo que pudo: tiempo, trabajo, recursos económicos, materiales, madera, piedras, o su esfuerzo en actividades folclóricas de recaudación.
La catedral nació, entonces, de un esfuerzo profundamente comunitario que unió al pueblo en torno a un ideal común. Hoy, todo ese espíritu de colectividad se ve reemplazado por la posición autoritaria de la dirigencia actual de la Iglesia, que se ha distanciado completamente del pueblo y ha dejado de escuchar críticas.
La soberbia con la que actúa, utilizando incluso sus propios medios de comunicación como Radio Santa Clara para desacreditar a la prensa y al pueblo que clama por un cambio, revela una ruptura dolorosa: la de un templo que fue levantado con el esfuerzo común, pero que ahora parece sustraído de las manos de quienes lo hicieron posible.
Arquitecto Eric González Quesada
Registro profesional A-9349
cédula 204740863¨



