Tras el “sueño tico”, bus repleto de gente.

Muy pronto, el Nazareno está repleto de gente, incluidos los angostos pasadizos donde se acomodan dos filas de pasajeros.

Los viajeros esperan con ansias la salida del autobús, mientras miran con nostalgia la curtida ciudad que pronto deben dejar para enrumbarse a otra tierra desconocida, de la cual, han escuchado bonanzas económicas.

El sol de la mañana arrecia, seguido por un viento fresco que entra tenuemente por las ventanillas, mientras los vendedores ambulantes se abren paso por los pasadizos repletos de pasajeros.

Don Miguel echa la última mirada a la ciudad y el bus se pone en marcha lleno de gente  y maletas acomodadas en la canastilla. El Nazareno no dura mucho en salir de la ciudad para enrumbarse al sur. El motor suena fuerte, ruge, pero se opaca con el bullicio de la gente que empieza a hablar de la cotidianidad, de sus sueños y esperanzas.

Pronto, el colectivo  sale de las ruidosas calles de Managua, esquiva  algún caballo con carreta que transita por las vía como cualquier vehículo,  y de inmediato, toma la carretera principal, luego de pasar Ciudadela San Martín y bordear por un pequeño sector el Lago Xolotlán, ubicado en plena Managua.

Ahora el viento entra con más fuerza y mueve los cabellos de una niña morenita que viaja junto a su madre. Las miradas  de los pasajeros se pierde entre las grandes sabanas verdes y el sol que ilumina las enormes extensiones de terreno. Atrás quedan esos paisajes con sus vacas, caballos y  sus humildes casitas de concreto, cuyos cerdos famélicos vagan libres en los patios.

“Voy a Costa Rica”, se escucha decir a un pasajero quedamente, ya he estado allá. “Allá los buses no van así llenos y la gente  y la los adultos mayores tienen campos preferenciales”, le dice una señora morena a otra que viaja a su lado.

Mientras avanza  el Nazareno, se cruza por  poblados como Tipitapa, Las Banderas, Presa Las Canoas,  el Empalme de Boaco, entre otros lugares cercanos a la capital.

Jóvenes morenos con mochilas en los regazos y con los rostros cansados miran por las ventanillas  pasar las humildes casas solariegas, en cuyos patios deambulan sueltas gallinas y chanchos, mientras  niños corren juntos con los animales.

Por  la pista,  y por una vía plana,  el autobús ruge y se abre pasa por el asfalto, para luego hacer una parada más allá para bajar o  subir un pasajero. El trayecto de 293 kilómetros de Managua a San Carlos apenas empieza y los que no consiguieron asiento  les espera siete hora de pie, porque muy pocas personas se bajan en el trayecto, más bien suben más.

En cada una de las paradas los vendedores ambulantes entran en acción con sus gaseosas, empanadas, quesillo, platos con trozos de  pollo, repollo picado y arroz. Suben al autobús donde los pasajeros comen en medio de la incomodidad y el movimiento del Nazareno.

Don Miguel, sueña con un mejor futuro al otro lado de la frontera, atrás dejó su familia en Nueva Segovia. Se vino atraído por el boom piñero de la zona norte de Costa Rica que le permitirá obtener mejores ingresos para su familia, ya  que en Nicaragua el salario mínimo en el sector agropecuario es de 3. 773 córdobas mensuales, unos $125, o lo que sería ₵71 mil, mientras que en nuestro país ronda los ₵300 mil.

Este reportaje está divido en 3 partes, sigue leyendo en el siguiente link:
Parte 1: Tras el “sueño tico”, bus repleto de gente.

Parte 3: Tras el “sueño tico”, en busca de un mejor vida.